
A finales de los sesenta es ya amplio el descrédito del objeto artístico atrapado en el mercado, en las visiones individualistas y en la convencionalidad. Así lo vive Lourdes Grobet en el París del 68. Frente a tanta tradición momificada la crítica no se hace esperar: para ella la pintura era incapaz ante las exigencias comunicativas de la época. Esta ruptura la conduce a la fotografía como un medio más dinámico, con referencia a la vida colectiva y en el que observa no sólo un registro de las cosas sino una intervención en los hechos.
En México se agudizan las contradicciones sociales de un modelo económico que pretendió la industrialización pero dejó inconclusa la reforma agraria. Del campo en proceso de empobrecimiento migra la población a las grandes ciudades, particularmente a la ciudad de México. La industrialización acaba siendo sólo complementaria del aparato industrial de las metrópolis. Las luchas sociales de esta década buscan mejoría laboral y apertura de espacios para la participación democrática. Los diferentes regímenes herederos de la Revolución Mexicana y su partido de Estado se niegan a reconocer, después del cardenismo, su deterioro artrítico, sobre todo en lo que se refiere a las condiciones sociales y la vida política. Es la constante contradicción entre los avances logrados por algunas instituciones posrevolucionarias en materia social y estructural, y la gran limitación de esos avances producto de los sometimientos esenciales de unas relaciones de explotación y miseria.
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